Cinco milagrosas palabras de un hombre que vi agonizar - Marco Vinicio Aragonés

Fotograma de El Árbol de la Vida, Terrence Malick, 2011. 

       Hace poco vino a mi memoria un suceso que vi años atrás. Una noche de 2013, cruzando la convulsa ciudad de San José, fui testigo de los últimos minutos de vida de una persona. Era un hombre de unos 50 años que, según supe por otros testigos de la escena, fue apuñalado por un delincuente en un intento por quitarle su teléfono celular.

Al hombre lo hirieron en el abdomen, la herida era bastante profunda y de ella emanaba una cantidad de sangre como nunca había visto en mi vida.

Yo, que no acostumbro a ser un mirón de sucesos para evitar ahogar a la pobre víctima en un tumulto de gente, esa noche, sin embargo, sentí una extraña curiosidad que me llevó a abrirme paso y acercarme casi hasta los pies del moribundo.

Un joven sentado tras su espalda lo sostenía desde la cintura y le prestaba su hombro como reposo a su cabeza. Entonces, sucedió lo que da origen a este pequeño texto: El hombre pronunció una frase asombrosa. Sin dirigirse a nadie en especial, le escuché decir: Perdón por manchar la acera.

El destino me había llevado a ser testigo de esas palabras, y calaron en mí más que cualquier discurso, predica, reflexión o poema que haya escuchado jamás.

Qué humildad tan gigantesca tenía aquel hombre para preocuparse por una acera, ni siquiera por una persona ¡por una acera! por un grupo de adoquines que pisamos todos los días sin prestarle atención alguna. Quizá lo que terminó de hacer la frase aún más poderosa para mí, es que fueron las únicas palabras que pronunció. Ese hombre desangrándose, salvo algunos quejidos muy leves, no se quejó en ningún momento, no preguntó por la ambulancia, no pidió agua, no exigió espacio, no lloró, no gritó, simplemente dijo: Perdón por manchar la acera.

Es como si toda la filosofía estoica de los antiguos griegos y romanos se condensara ante mis oídos en cinco palabras, en dos segundos. En ese instante, supe que ese hombre era un sabio. Si lo fue o no en su vida antes de ese incidente, eso no lo sé, pero en ese momento lo era.

A eso de las diez y quince de la noche, casi veinte minutos después del suceso, la ambulancia se llevó finalmente al hombre, que murió de camino al hospital, según leí en el periódico al día siguiente. 

Siempre he tenido la sospecha de que al morir todo (lo material y lo inmaterial) nos va a parecer lógico, perfecto, conveniente, claro, amalgamado.

Haber escuchado esas cinco palabras fue como entrever una pequeñísima parte de ese milagro.

No puedo más que sentirme privilegiado.

Vi y escuché a un hombre sin apegos. 

 

Gracias por leer, amigos.     

 

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